America Ackerman

La esperanza me abandonó el mismo día que mis padres fallecieron. Me abandonó hasta tal punto que me dejó sumida en la oscuridad y, cuando pensé que había llegado esa persona que me devolvería a la luz, ocurrió todo lo contrario. Ese ser me empujó más al abismo si era posible, me transformó en una muñeca rota que veía pasar los días a través de su casita de juguete y que no podía hacer nada para detener el avance de las agujas del reloj. La esperanza se fue de mi lado cuando más la necesitaba y me acostumbré a vivir sin ella, pensando que para mí no podía existir algo tan hermoso como lo es la esperanza.

Durante todo el tiempo que duró mi particular calvario, me sentí un ser despreciable, insignificante y tan poca cosa como ese ser me decía que era continuamente. Una muñeca hinchable para sus antojos, un ama de casa para mantener cuidado su hogar, una cocinera para tener lleno su estómago… Pero no una amiga, una compañera, una amante… Era sólo un guiñapo, un mueble más del mobiliario excepto cuando tenía alguna frustración que pagar. Entonces, era una especie de saco de boxeo convertida en mujer.

Un día, gracias a saber qué, logré escapar de ese sufrimiento y comencé a contar mis días lejos de esa casita y ese ser que dudo que alguna vez me quisiera. Ya llevo cuatrocientos nueve días contados. Una vez, una chica con la sonrisa más triste que conozco, me dijo que la vida no se cuenta, que la vida se vive, pero para las personas que, como yo, se han olvidado de vivir y lo hacen con miedo e inseguridades, contar significa que sigues aquí, que sigues viva y que ese calvario no pudo contigo pese a todo el daño que una vez te hizo y, en ocasiones, te sigue haciendo.

Lamento que, quien tome esta carta detrás de mí, tenga que leer estas duras palabras escritas en un pergamino donde, hasta entonces, todo han sido deseos, ruegos y hermosas palabras hacia aquella que una vez me abandonó. Pero es lo que siento. Es lo que siente cada mujer, hombre, niño o animal maltratado. Yo he podido librarme de mis cadenas, pero hay muchos que aún siguen bajo el yugo de su maltratador particular y otros que han tenido la desgraciada suerte de perecer bajo sus manos, de que ese ser despreciable haya acabado con su vida de una vez por todas.

Por eso, le pido a la esperanza, que haga que esas personas maltratadas encuentren un día una ventana abierta, un cerrojo mal echado, una mano amiga, un teléfono sin desconectar, cualquier vía que les sea posible escapar de esa vida que nadie se merece, únicamente aquellos que ejercen el maltrato.

Le pido que no haya ni una más, ni uno más, ni un niño más ni ninguna mascota o animal más. Ya está bien de convertir en un calvario una vida, de contar los días en lugar de vivirlos como me dijo esa nueva amiga que ahora me llevo. Ya está bien de recibir abrazos que marcan, besos que duelen y palabras que destrozan. Ya está bien de que en este mundo existan personas que disfruten maltratando y que otras lo paguen por haber estado enamoradas un día, ser sus propios descendientes o sus pobres mascotas. ¡Ya está bien!

Esperanza, por favor, déjame vivir la vida a mí, y a todas esas personas, y haz que dejemos de contar para saber que estamos vivas.

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