Querida Esperanza, queridos amigos sin nombres y queridos amigos que están por venir para hacer de esta carta una Biblia, Corán, libro evangélico, cántico, salmo o proclamación a la Esperanza, dejadme comenzar mi propio capítulo con la frase de un hombre sabio a quién apodaron en su día “bulldog de Darwin”:
«Lo conocido es finito; lo desconocido, infinito»
Una cita simple, sin complicaciones, pero que abarca una verdad enorme y en la que la mayoría de nosotros creemos al formar parte de esta hermosa carta. Con ello, quiero decir que la Esperanza, la que proclamamos cada uno de nosotros en este escrito, es desconocida para el hombre. Es decir, no le damos un rostro aunque sí un nombre, ni una nacionalidad, tampoco un color de piel y mucho menos una religión, tampoco tiene un estado material y ni siquiera un lugar determinado donde poder encontrarla. La Esperanza es etérea, errante, invisible y sí, desconocida, pero «quedarse en lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse con vida pero no vivir».
Sin embargo, es la Esperanza quién decide cuándo, dónde, cómo y por qué se deja ver. Yo la encontré cuando había dejado de buscarla, estaba abandonada bajo un banco de la estación del lugar en el que vivo. Y se me apareció perdida, desamparada y con miles de deseos a sus espaldas a los que pienso unir los míos, esperando que nuestra Esperanza sepa perdonarme aumentar su carga. Una carga que parece llevar feliz, porque son buenos propósitos, buenos deseos que convierten a todos los que escribimos en este pergamino en buenas personas.
Yo no pediré esperanza para mí, porque ella me ha enseñado que vendrá a mí cuando deje de buscarla, pero sí le pediré que no deje de aparecer en mi vida, que siga ahí, escondida, y cuando más lo necesite, venga a abrazarme con sus alas de ángel.
Le pido a la Esperanza que jamás abandone a mi chico, que permanezca junto a él, que su disputa con sus padres se esfume, desaparezca, y pueda contar feliz a su familia que está enamorado. Le pido también que sus padres acepten nuestro amor, que, por unos instantes, olviden su religión porque ni el amor ni la Esperanza dependen de ninguna creencia.
Pido también que los niños crezcan felices, que nada borre su inocente felicidad, ni siquiera el mal ejemplo de uno de sus padres que los quisieron dejar atrás. Pido que crezcan felices, que aprendan qué es el amor y admiren a esa madre, a ese padre, que ejerció ambos roles y que tanto ha luchado para construir ese mundo feliz en el que viven.
A la Esperanza, le suplico, más que le pido, que no abandone a esas personas hospitalizadas a las que ni su hijo va a ver. Que permanezca dándole la mano a esa otra persona a la que le queda un aliento de vida. Que sostenga entre sus brazos al que se recupera de una horrible enfermedad. Y que se instale en los corazones de todos aquellos que hacemos lo humanamente imposible para curar, sanar y animar, a todas esas personas que viven encerradas entre paredes blancas por culpa de algo incurable.
Pido que siempre sea Noviembre, que la Luna y las Estrellas nunca dejen de brillar, que el baile del amor sea eterno, que los deseos sigan cumpliéndose, que las lágrimas sean provocadas solamente por las risas y la felicidad, que los corazones no se rompan, que las guerras sean de almohadas y las batallas de besos.
Etiquetas: Lucy Weasley
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